Preguntarse...

PREGUNTARSE

Las preguntas, las dudas, inquirir, indagar, bucear, sumergirme en el torrente arrollador de la vida ha sido un poco la marca indeleble que tatúa mi corazón.
Siempre en busca, siempre curiosa y preguntona.

Elegí ser libre y escribir, sacar fotos, transmitir lo que siento, lo que me quema el alma, me arrastra a los desafíos o me desconcierta.

Aquí no encontrarán contundencias, no leerán nada taxativo o categórico. Serán parte de mis desandar, de mis derribos, las escapadas ausentes y los silencios que adivinan entre la prosa un tanto desaliñada: mi marca registrada.

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Muralismo mexicano: la inmensidad, la belleza, la protesta, el enojo y la pasión


El muralismo mexicano es único, irrepetido y unánimemente valorado y de una descomunal belleza. Tiene una yuxtaposición de órdenes simbólicos, una amalgama continua y popular que junta en un guiso de imágenes lo aborigen, la perversa irrealidad y vaticinio claudicante de los Dioses, la magnificencia de la pureza, el horror, los suplicios; una exacerbado nacionalismo que traspira, suda, empapa y baja desde las paredes y te moja con una ola de emociones e incoherentes pensamientos. Ves las alegorías, las fábulas, las apariciones, las guerras, las matanzas, el reencuadre y la superación de un pueblo ( o los pueblos fundidos en uno ) que ha luchado desde siempre por imponer su carisma, su color, sabor y música.
Miras un mural, de los miles que hay sólo en el DF, y lloras, te sientes aturdido y desembocas en la tempestad gloriosa de México y su gente: tierna, sugerente, solidaria y localista a ultranza.

En las imágenes que siguen - tomadas en el Palacio de Gobierno, El Palacio de Bellas Artes, El Castillo de Chapultepec y La Casa de Los Azulejos - se pueden apreciar ( muy mala y mediocremente ) la inmensidad y talento extremo de Siqueiros, Gonzalez Camarena, Diego Rivera y José Clemente Orozco. 






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